domingo, 27 de noviembre de 2016

Capítulo 1

EL REGRESO DE HEIDI
CAPÍTULO 1




FRANKFURT, ALEMANIA. Abril de 1902.
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Es un día muy soleado en Frankfurt, una de las ciudades más importantes de Alemania. Estamos a principios del siglo XX y nuestra recordada Heidi ya es toda una mujer. La joven ha estado varios años estudiando en la capital y alojándose en casa de su amiga de la infancia, Clara, la hija del señor Seseman. El sol brilla en lo alto aunque se notan los primeros indicios de la primavera. Varios coches de caballos así como decenas de personas transitan por el centro de Frankfurt, muy cerca de una elegante casa cercana a la catedral.

INT. / MANSIÓN SESEMAN, COMEDOR / DÍA

En casa del señor Seseman, toda la familia está reunida a la mesa. Es la hora de comer. Dicha mesa está presidida por el padre de Clara, su hija, y su segunda esposa, la señorita Rotenmieier. Sí, la misma de entonces años después se casó con el señor Seseman y a pesar de que deberían llamarla por su nuevo apellido como mujer casada, todos la siguen llamando por su nombre de soltera. Con ellos están Heidi y su prometido Bruno, quien ha sido invitado a almorzar con los Seseman. Así mismo, junto a la señorita Rotenmeier se encuentra su sobrina Astrid, hija de su difunto hermano. Astrid lleva ya varios años viviendo en casa de sus tíos aunque no se lleva bien ni con Heidi ni con Clara.

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Sr. Seseman: ¿Y cómo van tus estudios querida Heidi? Clara me ha dicho que el próximo verano terminarás tu carrera de enfermería en la Universidad de Frankfurt. ¿Cierto?

Heidi: Así es señor Seseman, estoy muy feliz. En cuanto acabe mis estudios, Bruno y yo nos casaremos.

Clara: ¿En serio Heidi? No sabíamos nada.

Srta. Rotenmeier: Felicidades Heidi… (Sonríe con falsedad, nunca le cayó bien Heidi)

Heidi: Gracias señorita Rotenmeier.

Bruno: Gracias, señora Seseman.

Sr. Seseman: Me gustaría que llamasen a mi esposa así por su nuevo apellido como mujer casada.

Heidi: Lo sé señor Seseman pero es la costumbre, lo siento. (Sonríe)

Clara: Toda la vida diciéndole Rotenmeier que… (Mirando a Heidi, ambas contienen la risa)

Astrid: Pues ya va siendo hora de cambiar esas malas costumbres. ¿No les parece?

Y es que las dos chicas recuerdan su infancia cuando la institutriz era toda una bruja con ellas, aunque lo sigue siendo.



ENTRADA




LOS ALPES, SUIZA
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INT. / CASA DEL ABUELO / DÍA

El abuelo de Heidi está postrado en una cama, gravemente enfermo. Con él están Brígida y la abuela de Pedro. Como recordaremos Brígida era la madre del simpático cabrero suizo. La abuela está sentada en una silla. El fuego de la chimenea caldea la estancia.

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Abuelo: ¿Cómo que le escribieron una carta a Heidi, Brígida? No quiero que mi nieta se preocupe por mí innecesariamente. Estoy bien… (Tosiendo)

Brígida: No está bien, viejo de los Alpes, y lo sabe. Mire que tos tiene, lleva ya dos semanas así.

Abuela de Pedro: Escuche a Brígida, señor Hessen. Es por su bien…

Abuelo: ¡Aún así no debieron meterse en asuntos que no les corresponden! Heidi está aún por terminar sus estudios de enfermería en Frankfurt y si viene a las montañas no podrá seguir su carrera.

Brígida. No se enfade usted, mi madre y yo pensamos que era lo mejor.

En ese momento se oye fuera de la cabaña un silbido, es Pedro que baja de los pastos con las cabras de los aldeanos. 

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El muchacho ya es un apuesto joven pero sigue siendo el mismo de siempre. Pedro toca a la puerta y entra en la cabaña.

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Pedro: Hola viejo… (Sonríe) Hola mama, abuela… ¿Qué hacen aquí?

Brigida: Hola hijo, vinimos a visitar al abuelo de Heidi.

Abuelo: Estas dos le enviaron una carta a Heidi para decirle que estoy enfermo, sin mi consentimiento.

Abuela de Pedro: Pero lo hicimos por su bien, ya se lo hemos dicho. ¿Verdad Brígida?

Pedro: No se enfade viejo, hace más de cuatro años que Heidi no viene a los Alpes, seguro le hará ilusión regresar y hacerle una visita.

Abuelo: La echo tanto de menos… Pero yo sé que los estudios eran muy importantes para ella a pesar de que Heidi ama estas montañas.

Pedro: Lo sé, yo también la extraño. Todavía recuerdo cuando ambos subíamos juntos a los pastos con las cabras.  Cuantas anécdotas… parece que fue ayer. (Sonríe pero triste)

Abuelo: Heidi se va a casar Pedro.

Pedro: ¿Quéee?

Brígida: ¿Se casa Heidi? ¿Con quién? Ni siquiera sabía que tuviera novio en Frankfurt.

Abuela de Pedro: Y yo menos. ¿Quién es el afortunado?

Abuelo: Creo que se llama Bruno, es un muchacho de Frankfurt, sus padres tienen una importante empresa textil en esa ciudad.

Pedro: ¿Cómo que Heidi se va a casar? ¿Cuándo se enteró de eso, abuelo?

Abuelo: Ayer el cartero me trabajo una misiva de Heidi. Se casan el año que viene, después de que Heidi termine la universidad.

Pedro: Entiendo… (Triste pensando: Se va a casar con otro… Heidi se olvidó de mí….)

Brígida: Se hace tarde Pedro, será mejor que nos marchemos. Madre, deme el brazo…

La señora toma a la abuela y la ayuda a levantarse de la silla.

Abuela de Pedro: No esté enfadado, viejo de los Alpes, verá como Heidi viene a Dorfli y eso le hará bien.

Brígida: Y perdónenos otra vez… (Se van)

Pedro: ¡Chao viejo, cuídese mucho! Mañana cuando suba a las cabras le echaré una mano para partir leña y ordeñar, como estos días pasados. ¿Está bien?

Abuelo: Muchas gracias general. (Sonríe)

Pedro: Ya tengo ganas de ver a Heidi… Ojalá venga pronto. ¡Hasta mañana!

El chico sale de la cabaña y silba a las cabras para reunir al rebaño. Pedro emprende la bajada hacia el pueblo para dejar a los animales en las casas de sus respectivos dueños. Su madre y su abuela caminan tras de él y las cabras a poca distancia.

FRANKFURT, ALEMANIA
INT. / MANSIÓN SESEMAN, DORMITORIO DE HEIDI / DÍA

A última hora de la tarde, antes de la puesta de sol, Clara toca a la puerta del cuarto de Heidi. La morena está sentada a una mesa, estudiando. Clara abre un poco la puerta.

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Clara: Heidi, soy yo. ¿Puedo pasar?

Heidi: Por supuesto, Clara. ¿Necesitas algo? Estoy estudiando para el examen del lunes.

Clara: Heidi, ha llegado una carta para ti. Toma. (Se la da)

Heidi: ¿Una carta, a esta hora?

Clara: Al parecer llegó esta mañana pero a la zafia de la Rotenmeier se le olvidó dártela. Acaba de decírmelo.

Heidi: Esa mujer nunca me pudo ni ver, no cambiará así cumpla cien años.

Clara: Todavía no entiendo qué fue lo que vio mi padre en ella, si incluso es mayor que él.

Heidi: La señorita Rotenmeier supo como seducir al señor Seseman, estoy segura de que su sobrina Astrid fue la culpable.

Clara: Y pensar que cuando éramos niñas siempre pensábamos que se quedaría para vestir santos toda la vida.

Heidi: ¿Sabes una cosa, Clara? Yo creo que esa mujer se casó con tu padre por el dinero de tu familia.

Clara: ¿Tú crees?

Heidi: Piénsalo, tu padre es un hombre apuesto, más joven, de buena posición económica, dueño de hoteles… Y ella… ¿Ella que era? Una amargada institutriz que le llevaba casi diez años.

Clara: Bueno, abre la carta. Creo que es de Brígida, la mamá de Pedro.

Heidi: Sí, es verdad… (Abriendo el sobre, Clara se sienta a su lado)

Clara: ¿Y bien, qué dice? ¿Cómo está la abuela, Pedro, las cabras…?

Heidi: Dios mío… (Leyendo el papel) Brígida dice que mi abuelito está muy enfermo. Siempre le dije que dejara de fumar que el tabaco no le hacía bien y nunca me hizo caso.

Clara: ¿Tu abuelo está enfermo? Ay no… (Triste)

Heidi: Brígida me ha pedido que vaya a Dorfli.

Clara: ¿Y vas a ir, amiga?

Heidi: Claro que sí, no puedo dejar sólo a mi abuelo en estas circunstancias. Creo que lo mejor será ir a Suiza y traerlo a vivir acá conmigo. Hablaré con tu padre. En cuanto me gradúe y consiga un buen trabajo podré hacerme cargo económicamente de él.

Clara: Entiendo… Bueno pues no se hable más, te ayudaré a hacer las maletas.

Heidi: Voy a llamar a Bruno por teléfono. Ahora regreso. (Se va)

Mientras tanto Clara va por unas maletas y abre los armarios de Heidi para recoger ropa.


INT. / CASA DE BRUNO, SALÓN / NOCHE

Bruno habla con su novia por teléfono. Heidi está en el salón de la mansión Seseman.

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Heidi: Lo siento, mi amor pero mi abuelito está muy enfermo. Es mi deber ir a los Alpes.

Bruno: ¿A los Alpes? ¿Ahora? Estás en plenos exámenes, apenas faltan unos meses para que termine el curso. Si te marchas no podrás…

Heidi: Eso ahora no me importa, sólo quiero que mi abuelo se ponga bien. Allá solo en las montañas… No es lugar para él ya es muy mayor.

Bruno: ¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Traerlo a vivir a Frankfurt?

Heidi: Esa es la idea, Bruno.

Bruno: ¿Quée? Ni hablar… (Molesto) Lo que faltaba, todavía no nos hemos casado y ya me quieres meter a tu abuelo en casa. Lo que faltaba.

Heidi: Es mi única familia, no puedo dejarlo sólo y no pienso meterlo en un asilo. ¿Te queda claro? El abuelito me necesita.

Bruno: El abuelito, el abuelito…. ¿Te oyes cuando hablas? Parece tuvieras ocho años todavía.

Heidi: ¿Y qué? Yo siempre le voy a llamar así.

Bruno: Está bien, vete a los Alpes. ¿Cuándo vas a volver?

Heidi: No lo sé, Bruno, no lo sé todavía por eso había pensado en que tal vez… podrías acompañarme. Mi tren sale mañana a primera hora.

Bruno: ¿Acompañarte a Suiza, quién yo? De ninguna manera, tengo que trabajar.

Heidi: Sólo serían unos días, luego si quieres podrías volver a Frankfurt tú sólo. Puedes hablar con tu padre y pedirle permiso, estoy segura que te lo concederá, mi amor.

Bruno: Está bien, veré que puedo hacer… Te llamaré más tarde.

Heidi: Un beso, te quiero. (Sonríe ingenua)

Bruno: Un beso… (Colgando el teléfono)

En casa de Bruno, su amante Astrid le abraza por la espalda y le besa en el cuello.

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Astrid: ¿Qué te dijo la estúpida de Heidi? ¿Se está muriendo su abuelito? Jajaja. (Se pone frente a él, bebiendo una copa de licor)

Bruno: Maldita sea… Ahora quiere que vaya con ella al mugroso pueblo ese de los Alpes, Dorfli o como se llame.

Astrid: Esa pánfila siempre estuvo muy unida al viejo. Mi tía me lo ha dicho mil veces.

Bruno: Ojalá y el vejete estire pronto la pata… No quiero meterlo en mi casa.

Astrid: ¿Por qué te vas a casar con Heidi? ¿Acaso la amas tanto como dices o qué?

Bruno: La amo a mi manera…

Astrid: Claro, por eso mientras te acuestas conmigo. Menuda forma de amar…

Bruno: El viejo tiene algunos terrenos en los Alpes, con suerte cuando se muera pasarán a nombre de Heidi.

Astrid: ¿Y para qué demonios quieres tú unas tierras perdidas en medio de la nada? ¿Qué quieres hacer allí?

Bruno: Una estación de esquí. (Sonríe con ambición)

Astrid: ¿Quéee? (Escuchamos música incidental)


LOS ALPES, SUIZA
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EXT. / CASA DE PEDRO, PATIO / DÍA

Pedro está cortando leña con el hacha. El muchacho conversa con su amigo Sebastián, un chico del pueblo que ha ido a hablar con él.

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Sebastián: Imagino que la noticia de que Heidi se va a casar con el tal Bruno no te ha hecho ninguna gracia, eh, Pedro.

Pedro: No me hables del tema, que estoy… (Partiendo leña)

Sebastián: Debes olvidarte de ella, amigo, lo digo por tu bien. Heidi nunca se fijará en ti como hombre. Hace mucho que se marchó a Frankfurt y ahora que va a contraer matrimonio pues…

Pedro: Pronto se olvidó de mi la muy… (Enojado) ¿Cómo puede casarse con ese tipo? ¿Es que yo nunca le importé o qué? (Dejando el hacha en el tronco)

Sebastián: Tal vez para ella tú seas como… como un hermano.

Pedro: Deja de decir bobadas, nunca nos vimos de esa manera. Yo la quiero, siempre la he querido, y no como a una hermanita como tu piensas.

Sebastián: ¿Cuándo fue la última vez que vino a Dorfli?

Pedro: Hace cuatro años que se fue a estudiar a Alemania, no hemos vuelto a vernos desde entonces. Siempre he estado enamorado de Heidi, Sebastián… Desde que éramos apenas unos niños.

Sebastián: ¿Vas a contarle sobre tus sentimientos?

Pedro: No, no lo sé… no quiero perder su amistad… Pero… por otro lado odio la idea de verla casada con otro hombre. Eso es todo. Me dan celos, no lo puedo evitar.

Sebastián: Bueno me marcho, tengo cosas que hacer en la carpintería. Ya nos vemos el domingo en misa. Cuídate. (Se va)

Pedro: Adiós Sebastián.

En ese momento se oye la voz de su abuela por la ventana de la cabaña.

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Abuela: ¡Pedrooo!!! ¡Pedrooo!!!

Pedro: ¿Sí, qué pasa abuela?

Abuela: Hijo hazme el favor y le echas de comer a las gallinas que se me ha olvidado…

Pedro: Está bien, ahora mismo voy… En una hora tengo que subir a los pastos con las cabras.

Abuela: Tu madre está ordeñando la vaca en el establo, dile que estoy terminando de hilar lana y que voy a preparar el desayuno.

Pedro: No te preocupes, abuela, yo le digo. (Se marcha)


FRANKFURT, ALEMANIA
INT. / ESTACIÓN DE FRANKFURT, ANDENES / DÍA
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Heidi y Bruno se disponen a subir al tren que les llevará a los Alpes. En el andén están Clara y el señor Seseman hablando con ellos.

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Clara: Que tengan buen viaje, amiga. Dale muchos recuerdos al abuelo y a Pedro. Bueno y a Brígida, la abuela… a todos. (Sonríe)

Heidi: No te preocupes, Clara, se los diré.

Sr. Seseman: Cuida bien de Heidi. ¿Eh Bruno?

Bruno: Descuide señor Seseman… Ya tengo ganas de llegar y conocer aquello, Heidi me ha hablado tanto de las montañas…

Heidi: Te van a encantar, mi amor. Ya vas a ver. (Sonríe dulce)

Ambos suben al tren. En el andén Clara y su padre les dicen adiós con la mano. Mientras tanto a poca distancia de ellos, entre la gente, la señorita Rotenmeier y su sobrina Astrid conversan.

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Astrid: Se va con la cabrera, tía, no me lo puedo creer. Bruno es un imbécil. Ya me tiene harta.

Heidi: Tienes que conseguir que Bruno la deje plantada en el altar, tienes que casarte con él.

Astrid: Eso es lo que pretendo. Bruno tiene mucho dinero, es el soltero más codiciado de Frankfurt. Incluso más que el señor Seseman en su día.

Srta. Rotenmeier: No compares, mi esposo es mucho más guapo. (Sonríe) Jajaja.

Astrid: Bueno, no te puedo negar que Bruno no es muy agraciado pero está forrado en billete y es el hombre que me conviene. No puedo dejar que se case con esa pedorra de Heidi, esa piojosa ordeñadora de cabras con ínfulas de enfermera.

Srta. Rotenmeier: Se nota que tú tampoco la puedes ni ver. ¿Eh sobrina? (Se burla)

Astrid: Con razón nunca la soportaste. A pesar de haber estudiado una carrera y haberse refinado sigue siendo la misma paleta de pueblo que era cuando se vino a Frankfurt de niña.

Srta. Rotenmeier: Tengo entendido que Bruno regresará dentro de cuatro días, con lo cual es tu oportunidad para alejarlo de Heidi y que ambos rompan su compromiso matrimonial, cariño.

Astrid: Voy a conseguir que la deje plantada el mismo día de la boda, tía, o antes si puedo lograrlo. Eso te lo juro. (Sonríe con maldad)

Y es que tía y sobrina son tal para cual, cortadas con la misma tijera  como se suele decir.

AL DÍA SIGUIENTE
MAIENFELD, SUIZA
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El tren procedente de Frankfurt ha pasado muchas horas de viaje desde su partida. Al fin ha llegado al corazón de los Alpes, a la pequeña ciudad de Maienfeld. Bruno y Heidi bajan del tren con sus respectivas maletas.

EXT. / ESTACIÓN DE MAIENFELD, ANDÉN / DÍA

Heidi mira a su alrededor, a los lejos se ven los Alpes, sus adoradas montañas. La chica sonríe feliz pues todo le trae grandes y bonitos recuerdos.

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Heidi: Bueno pues ya estamos en Maienfeld.

Bruno: ¿Queda lejos el pueblo ese?

Heidi: ¿Dorfli? No, a pocos kilómetros. Buscaremos algún coche de caballos que nos pueda acercar hasta allá. Luego si nos tocará caminar hasta la cabaña del abuelo pero no está muy lejos, no te preocupes, mi amor.

Bruno: ¿Caminar? ¿Tendremos que subir por las cuestas? Lo que faltaba… (Con mal tono)

Heidi: Venga, no refunfuñes, antes de que te des cuenta estaremos allí. Verás como te vas a enamorar de los Alpes. Esto es precioso.

Y realmente lo es, majestuosas y elegantes se alzan las montañas que dominan un bonito y verde valle sembrado de campos de cultivo, pastos y árboles. Vacas y cabras pacen en los frescos y verdes prados. La vida es muy tranquila, y muy diferente de la bulliciosa Frankfurt. Heidi y su prometido suben a un coche de caballos rumbo a Dorfli, el pequeño pueblo perdido entre las montañas.

EXT. / CASA DEL ABUELO, PATIO / DÍA

Lejos de allí, el abuelo de Heidi, que hoy se siente algo mejor está ordeñando sus dos cabras junto a la puerta del establo. El viejo de los Alpes es sorprendido por Pedro que llega con el rebaño del pueblo como cada mañana para llevarlo a los pastos frescos de las montañas. El muchacho silba y se le acerca.

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Pedro: ¡Buenos días viejo!! (Sonríe) ¿Qué hace fuera de la cama? ¿Sabe algo ya de Heidi?

Abuelo: No.

Pedro: ¿Qué hace ordeñando las cabras? Debería estar acostado, deje que lo haga yo, abuelo

Abuelo: Te digo que estoy bien, Pedro… (Tosiendo)

Pedro: ¡No, no está nada bien!! ¡Venga conmigo! (Le ayuda apoyándole en su hombro) Vamos dentro, le haré un vaso de leche caliente.

Abuelo: Hay que ordeñar las cabras, general.

Pedro: Yo lo haré antes de subir a los pastos con el rebaño. No se preocupe usted.

Abuelo: Eres tan noble muchacho… ¿Sabes una cosa? Siempre pensé que Heidi y tú terminarían juntos.

Pedro: ¿Juntos, cómo así? (Avergonzado)

Abuelo: Casándose y formando una familia aquí en los Alpes… Ese era mi deseo pero… ella decidió estudiar en Frankfurt y…

Pedro: No diga tonterías, Heidi y yo… ¿Novios?

Abuelo: Claro… ¿Por qué no, o no te gusta mi nieta, general?

Pedro: Claro que me gusta… este, no… (Avergonzado)

Abuelo: Jajaja. (Tose) ¿En qué quedamos, o te gusta o no te gusta?

Pedro: No hablemos de eso, a la cama, viejo, que está tosiendo mucho y tiene que descansar. Vamos.

Abuelo: Prométeme una cosa, Pedro… por favor te lo pido.

Pedro: ¿El qué viejo?

Abuelo: El día que yo me muera quiero que te quedes con esta cabaña y con mis cabras.

Pedro: No diga eso abuelo, usted va a vivir muchos años todavía. No hable de esas cosas.

Abuelo: Heidi no va a volver a vivir aquí, se casará y se quedará para siempre en Frankfurt. Por eso había pensado que tal vez… tal vez pudiera dejarte mis tierras a ti. La granja no es muy grande Pedro, tú bien lo sabes pero… pero podrías criar algunas vacas, ovejas, cabras… Lo que tú quieras. Incluso sembrar algo de trigo en las zonas más llanas.

Pedro: Bueno ya otro día lo hablamos. ¿Sí? A casa, vamos…

Y así Pedro ayuda al abuelo de Heidi. Acto seguido el muchacho ordeña las dos cabras del anciano y corta leña para él. Cuando ha terminado todo el trabajo, Pedro se marcha con el rebaño de cabras de los aldeanos, las del abuelo incluídas, para realizar su trabajo diario.

DORFLI, SUIZA
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EXT. / PLAZA DEL PUEBLO / DÍA

Heidi camina con su maleta, tras ella va su prometido Bruno con la suya. El alemán rezonga mientras Heidi va varios metros por delante de él.

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Bruno: Cargados con las maletas como burros hasta la cabaña de tu abuelo. Si lo llego a saber…

Heidi: Bueno ya Bruno, te dije que mi abuelito vivía lejos del pueblo. Ten paciencia, llegaremos enseguida.

Bruno: Me duelen los pies… las calles son de piedras mal puestas encima. (Quejándose)

Heidi: Ya deja de quejarte…

Bruno: Mira  Heidi, creo que yo no voy a subir a casa de tu abuelo. Me quedaré en el pueblo. ¿Hay alguna pensión?

Heidi: ¿Qué? ¿Cómo que te quieres quedar en Dorfli?

Bruno: No quiero subir tantas cuestas, estoy cansado del viaje, princesa. (Sonríe fingido)

Heidi: Mmm… está bien, está bien. Allí hay una pensión, la única del pueblo. Yo subiré hasta casa del abuelo pero mañana te quiero ver allí conmigo. ¿Está bien?

Bruno: Está bien, cariño. Mañana a primera hora subiré a casa de tu abuelito. ¿Ok? (Sonríe) Es que no puedo más… lo siento.

Heidi: Como quieras… (Molesta) Nos vemos mañana entonces.

Y la joven se marcha muy enojada, camino de las montañas. La gente la mira, todo el mundo la recuerda, saben que es Heidi. Nadie esperaba verla de nuevo en el pueblo tras tantos años fuera. Heidi sale de Dorfli y camina hacia casa de su abuelo. En los campos las vacas pastan libremente, al igual que las ovejas y caballos. 

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Algunos granjeros comienzan la siembra de cereal y las labores del campo de inicios de primavera. Heidi mira a todas partes y sonríe contenta pues pasó su infancia aquí y todo le resulta familiar e inolvidable. 

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¿Qué ocurrirá cuando Heidi llegue a casa del abuelo? ¿Será que se reencuentre con Pedro? No te pierdas el próximo capítulo.


CONTINUARÁ..

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